July 23
Luna
Frio.
Era lo único
que podía sentir alli sentada en el suelo de su habitación. Toda su
ropa estaba desperdigada por el suelo cómo ramas seccionadas de un
arbol por un extraño capricho, y Nuria temblaba desnuda en la esquina
más alejada de la puerta, aunque ella intentaba que fuese la esquina
mas lejana del universo.
Sólo podía pensar en una cosa, la luna.
Otra
vez salía tarde de clase para variar. De camino a casa hizo el
recorrido de siempre, le encantaba pasar por la catedral, aunque
tuviera que andar casi el doble de camino, pero siempre compensaba,
tanto si llovía como si el hambre podía con ella. Se sentía hipnotizada
por la fachada gótica, las gárgolas, las columnas. Pero también le
encantaba el ambiente misterioso que siempre rodeaba a la estructura de
piedra que llevaba siglos observando el mundo que pasaba debajo. La
gente de todas las edades que se reunían alli, que quedaban, los
turistas que la visitaban, y las gitanas. Sobre todo las gitanas, de
las que se acordaría tiempo mas tarde cuando la sangre se le escapaba
de su cuerpo.
Siempre estaban allí, lloviese, tronase o
hiciese un calor que derritiera el asfalto. Siempre con sus ramos de
tomillo en la mano esperando que pasases al lado para prometerte un
regalo, y maldiciendote si pasabas de largo sin dejarles leer tu
porvenir por unas monedas. La fuerza de la costumbre hizo que
permitiesen a Nuria pasar libremente entre ellas, como si se tratara de
uno mas de los animales que rondaban por allí, sin siquiera lanzarle
una mirada. Era recíproco, Nuria también las ignoraba, y se sentía
feliz de no atraer sus miradas, pero aquel día tenía un mal
presentimiento. Supo desde el principio que algo andaba mal, sentía los
ojos clavándose en ella mucho antes de doblar la esquina y ver a la
gitana. No era ninguna de las de siempre, que también andaban por allí
pero no parecían reparar en la presencia de la nueva. Y no apartaba sus
ojos de Nuria.
Todo lo recordaba vagamente mientras el frio se
apoderaba de ella en la habitación. Recordaba a la extraña gitana de
profundos ojos verdes que nunca llegó a decir nada mientras se cruzaban
por la calle atestada de gente que rodeaba la catedral.
Recordaba la carta que le tendió cuando pasó por su lado, y cómo sin
darse cuenta la había cogido sin pararse siquiera a pensar lo que
estaba haciendo. Recordaba haber recorrido casi todo el resto del
camino a casa sin saber si andaba por la calle o se hundía en un océano
de preguntas, y nunca dejó de recordar la figura de la luna en la carta
del tarot que hizo el viaje de vuelta con ella.
A la mañana
siguiente volvió como todos los dias a la catedral, a devolverle a
aquella gitana su carta y a preguntarle el significado, pero no la
encontró, y ninguna de las demás le dirigió la palabra. Tampoco nadie
parecía haber visto nunca a la gitana de ojos verdes que no tenía
tomillo entre sus manos.
O nadie le decía la verdad.
Nuria
no era muy confiada, pero aquello torció sus nervios y disolvió el
pacto velado que tenía con el resto del universo. Tras esa mañana no
volvió a pasar por la catedral. Ahora era territorio exclusivo de las
gitanas y sus miradas hostiles. Y las de los turistas, cuando les
preguntaba por la mujer que nunca vió nadie. No aguantó tampoco las
negativas de las parejas de enamorados que siempre estaban por allí, ni
las del hombre del kiosko, siempre atento a todo lo que pasaba en los
alrededores. Tampoco pudo entender cuando dos policías la agarraron por
los brazos y se la llevaron a comisaría, con el burdo pretexto del
escándalo público. Seguro que ellos tampoco entendían la frustración de
Nuria ni el sentimiento de que todo el mundo la engañaba. Y seguro que
ninguno sabía el significado de la carta. Pero ella sí lo sabía, lo
miró en internet, y estaba segura de que la gitana de ojos verdes se
estaría riendo de ella mientras preparaba otro plan.
En la
oscuridad de su habitación, sintiendo cada vez mas frío, Nuria también
recordó como pasaron los días, cómo la gente gente la miraba al pasar a
su lado. Y después, las miradas de complicidad entre ellos. Y lo
peor era con sus amigos. Tampoco ayudaron. A los que mandó a los
alrededores volvieron sin ninguna información, y con un ramo de tomillo
en sus manos, como si el destino le jugara una broma cruel. Nadie
parecía entender lo que pasaba. Ninguno comprendía el plan que se
cernía sobre Nuria, y ella tampoco podría confiar en
nadie hasta que todo pasara.
Llevaba días en su
habitación, en aquella esquina, encerrada para el mundo y encerrada
dentro de sí misma. Y entonces sonó el timbre. Una vez. Y otra. Y otra.
Pero no la cogerían, no. Eso no pasaría jamás. Y mientras el ultimo
aliento se escapaba de su pecho y la sangre que manaba de sus muñecas
se filtraba en la alfombra de la habitación, Nuria se acordaba de las
gitanas, y de la catedral, pero sobre todo, de la luna.
R.-
Vale, llevaba ya tiempo decidiéndome por escribir algo, y es mi primer "relato", agradezco críticas de todo tipo, ;) un saludo.